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PARA escribir, editar, copiar y pegar textos, hay que dejar el juego. Es una u otra cosa, aunque Dostoyevski en El jugador haya podido reunir ambas. Son casos únicos. Alguien tiene que dejar el tablero y poner las manos sobre el papel. Iván Humanes ha dejado por estos días las aperturas, las tácticas y la teoría de finales. Su oscuro juego de ajedrez. También sus textos. No queremos detenernos en los frutos de estos meses de juego y escritura. Ha dejado el ajedrez durante un instante y hemos dispuesto estas piezas. Tenemos las manos aquí y ahora. El segundo número ya puede comenzar a navegar. Es poner, sacar algo y que el juego comience en otro lado; en los espacios a los que esperamos llegar con el segundo número de DADO ROTO. Hemos seguido de cerca a nuestros lectores. A todos ellos. Sabemos qué hacen, a qué hora comen, sus vicios y sus defectos, su número de pie. La paranoia también es digna de aparecer. Todo vale, decía Paul Feyerabend. Todo sirve, generar implosión. Seguir a los lectores, hablarles cuando entran a navegar. Hemos seguido el ritmo de sus lecturas. Sus minutos. Luego los dejamos, y comenzamos por las voces de los versos que van llegando. Nos disponemos a atender de la mejor manera a los nuevos invitados. El dinero nos acompaña en este número. La imagen que genera Abbé Nozal (“ya no queda ningún arte vivo, si exceptuamos el de la pesca”). Su serie Art-Dollar. De principio a fin. Su imagen ilustrará y generará distorsiones esperadas en el ojo de quien mira. Especulación de inversores. Las mujeres no han querido jugar más allá de estas obras. No tenemos mujeres en este número, que es el dos pero que parece el uno. Han sido invitadas, pero se han negado. Aunque en dulce venganza se nos ha augurado que el tercer número será sólo de ellas. Sabíamos que esta revista nos depararía senderos oscuros: dinero, dinero, mujeres. Decíamos que el dinero será quién acompañe a cada uno de los escritores en este espacio de artificio. Sentados sobre él o amparados por su imagen podremos leer la poesía del poeta catalán Eduardo Moga. Versos de su poemario Cuerpo sin mí. Quién estaba primero ¿el cuerpo, la carne, el sujeto? También la dolorosa experiencia de un joven ante la figura del padre, en el cuento Bruma, del narrador mexicano Mauricio Salvador. Hay que seguir de cerca el final del cuento Eva y Oswaldo de Eduardo Halfon. Recomendamos no perderse ese final. No es digno de perderse ni ese final ni uno mismo dentro del cuento. Es ahí donde pensamos que confluyen por segundos todos los finales de todos los textos. Y sobre el narrar reflexiona Leonardo Valencia en este número. Se ha asignado a sí mismo esa labor: fragmento para el final de la novela. Asignarse una labor, designarse, plasmar. Plasmar en una pared de Santiago de Chile, en un rincón, una escalera, definir como sigue la historia del stencil en Chile con el nuevo libro editado por la editorial Cuarto Propio. Y también desde Chile, pero desde el sur, aparece en el DADO el poeta Jordi Lloret y fragmentos de su poemario Atarmanece: Los muros de las palabras de palacios mayas/ se derrumbaron y las presencias de escombros/ acurrucaron un largo silencio... Y desde Frankfurt llega el susurro irónico y cruel del poeta Carlos A. Aguilera. Un fragmento de su obra de teatro Discurso de la Madre Muerta. También de la mano de él, el acceso a la entrevista que le realizó Axel Helbig al narrador alemán Norbert Gstrein, que nos dice que la literatura es tocar un límite y luego ser capaces de desplazarlo. En cualquier caso, y ante todo, el dado camina en su número dos y el azar (¿determinado?) vuelve a disponer a los autores. No obstante, el arte indefinido de la partida de ajedrez sigue con el cálculo de variantes debajo de tanto texto.
Claudia Apablaza
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